UN VERANO CON GONZÁLEZ-RUANO Y GARCÍA SERRANO
Autor: Guillermo Mas
Muchas de esas
amistades que de septiembre a junio acostumbran a espetar un “no tengo tiempo
para leer” cuando se les interroga por sus lecturas, cambian de disposición una
vez cruzado el tórrido umbral del verano, y entonces te preguntan “¿qué me
recomiendas leer?”, sabedores del vicio y del gozo que siente uno por eso de la
lectura. Entonces se empieza a recitar, a semejanza de “Funes el memorioso”,
empezando por la añorada infancia y sus inolvidables lecturas, para las que no
existe parangón posterior: Robinson
Crusoe, El sabueso de los Baskerville,
Miguel Strogoff, La isla del tesoro, Zalacaín
el aventurero, Cosecha roja, El caballero de las espadas, El valle perdido de Iskander, Los piratas de Malasia, Los tres mosqueteros… Este año, sin
embargo, me he acordado del título de un libro de Antoine Compagnon: Un verano con Montaigne. Esa idea de
escoger un librazo al estilo de los Ensayos
–de esos que ocupan media maleta y cuesta sostener en alto permaneciendo
tendido en posición horizontal–, y llevarlo bajo el brazo hasta el borde de la
playa o bajo la sombra de un árbol para sumergirse en él sin el conteo de reloj
alguno salvo el de los rayos del sol. ¿Qué autor o qué libro recomendar para
ejercer bien de opiáceo? Dado que en buena medida el mundo oscurece y se acaba,
o al menos todo un mundo, el nuestro, no se me ocurre mejor amigo para
acompañarse en un momento así que un esteta, que un poeta en prosa, que el
mayor cronista de otro mundo añejo y desaparecido: que César González-Ruano.
Escritor imitado
hasta el hartazgo, nadie puede escribir en prensa después de Ruano desdeñando
la maestría de su estilo. Ni los que se jactan sin mucho talento de estar en
las antípodas, ni los que han formado una escuela con tintes de taller renacentista
que incluye a lo más granado del columnismo del primer tercio del siglo XXI en
España: Camilo José Cela, Jesús Pardo, Jaime Campmany, Francisco Umbral,
Alfonso Ussía, Raúl del Pozo, Manuel Vicent, Antonio Burgos… Sin embargo, nada
más lejos de la verdad que concebir el estilo literario de Ruano como algo
monolítico o carente de relieve. Más allá de sus hileras interminables de
artículos —en una media de unos dos al día que abarca no pocos años—, sus dos
grandes obras fueron su Diario Íntimo
y su libro de memorias, titulado con la brillantez habitual Mi medio siglo se confiesa a medias.
Estas dos obras cubren el período final de su obra y de su vida poniendo coto
al estilo barroco característico de su juventud, en la estela de Gómez de la
Serna o de Valle-Inclán, que culmina con su biografía Baudelaire y deja paso a un estilo mucho mejor fijado y más preciso
en la estirpe de quien fuera su gran maestro, Azorín, y también de quién fue
una importante influencia, Baroja, aunque Ruano estuviera en todo momento mucho
más cerca del primero que del segundo debido a su brillantez formal. Ruano era
un hombre entregado al placer sensual, un esteta y un dandi, un maestro del
adjetivo y un especialista en necrológicas cuyas —por lo general breves—
entradas en el Diario demuestran un
uso del idioma muy superior al de la mayoría de poetas de su tiempo; y cuyos
recuerdos de la primera mitad de su vida reconstruyen “el mundo de ayer”
español de principios de siglo con más talento que el más certero libro de
historia. Bien pertrechado de recuerdos desgrana una bohemia de Café cuyos
hijos bastardos y malditos subsistían a base de café y coñac; de prensa de todo
signo y chismorreos sin confirmar; y que perfeccionó con la dedicación del
orfebre un arte, el del artículo, que alcanzaría en tiempos de Ruano la Edad de
Oro de la prensa española, en contra de lo que diga todo negrolegendario
antifranquista y todo plumilla procaz del inefable periódico LoPaís. El nivel
cultural de la época de Ruano tenía mucho más empaque que el actual y un uso
del español que nada tenía que envidiar a las letras del Siglo de Oro en
términos de cantidad y de calidad.
Igual que algunos de los grandes escritores menospreciados del siglo XX —Giovanni de Lampedusa, Maurice Druon, Joseph Roth—, Ruano narraba su tiempo con el ademán imperturbable de Don Fabrizio, protagonista de El Gatopardo, al contemplar cómo su mundo se desmorona. En el fondo, esa fue su mayor necrológica, la de su tiempo; y él mismo fue “su mejor muerto”, ya que supo “contarse” a sí mismo con la impudicia del mejor retratista. Solo que a diferencia de los mencionados autores, Ruano no dejó una gran novela sino un enorme poema en prosa lanzado a las llamas del tiempo a través de la prensa diaria, que siempre está condenada a envolver el pescado al día siguiente, incluso en estos tiempos digitales. Una gran novela se encuentra lanzada a la posteridad, mientras que la prensa está arrojada a la actualidad. Una novela debe recoger lo imperecedero del hombre: el amor, la guerra, la muerte, etcétera. Un periódico ha de recoger lo fugaz: un anuncio de empleo, una querella de actualidad, algún accidente puntual, etcétera. Pero una novela necesita valerse de las contingencias del tiempo en que se ambienta —en la mayoría de casos, el presente histórico de la obra—; mientras que un periódico acaba remitiendo a los temas eternos inherentes a la condición humana. Por lo tanto, el destino de la gran novela sobre una época y del periódico que cubre esa misma época, acaba intersectando y confluyendo entre sí tanto en su aproximación a lo diario como a lo eterno. Y es en esa vía cruzada donde destaca la obra de Ruano a través de un poema fragmentario que sabe narrar con maestría, sobre todo en su volumen de Memorias, ese pasado hoy denostado y en buena medida ignorado.
Sumergirse en la agitación exterior de Mi medio siglo se confiesa a medias o en la quietud interior el Diario íntimo de César González-Ruano, supone conocer un sinnúmero de tipos extravagantes en tertulias y cenas, paladear de la mano de una pluma soberbia las descripciones de una amplia panoplia de paisajes naturales, de locales urbanos, de viajes a salto de mata y de Cafés donde el grafómano Ruano, escritor por vocación y por encargo, cronista de la historia cociéndose al ritmo alígero de su época, va derrochando frases para esculpir en mármol con la sabiduría del filósofo romano que habría sido en tiempos paganos y el ingenio del moralista francés que llevaba camuflado siempre bajo la pulcra camisa. Su frágil salud, propia de un monje mundano, que va filtrándose a ritmo de goteo pero con la contundencia de una ametralladora a lo largo de las más de mil páginas de su dietario, recuerdan, en un constante memento mori, que la primera y última certeza del periodista y del escritor, si es que la diferencia cabe, es que todo perece, incluido el propio articulista, que se desangra derrochando palabras por la misma pluma que le da de comer y que prácticamente sostiene, al momento de morir, en la mano. Así, horas antes de su muerte, Ruano certifica la elegía: “El terror es blanco. La soledad es blanca”. Una crónica final que aún late, negro sobre blanco, sobre su última página manuscrita. Porque, como decía González-Ruano, no se puede ser ex-escritor. Sólo cadáver.
Escribió Homero que
los dioses brindan desgracias a los hombres para que los aedos tengan algo que
cantar. Rafael García Serrano fue, ante todo, el aedo de su generación, el cantor de una guerra que no era la de
Troya pero donde también se batían en duelo los pueblos hermanos. ¿Acaso no se
trataba del Jünger español, del Hemingway patrio? Más bien era un escritor
extraído del Siglo de Oro; un soldado entregado a la literatura y un poeta entregado
a la guerra, como sus maestros literarios, en la mejor tradición barroca de
“dar la vida y el alma a un desengaño” y de proclamar “soy un fue, y un será, y
un es cansado”. Su idealismo quijotesco le hizo desear ser Eugenio Lostau Román,
su amigo y su Eneas, o alguno de los otros muchos mártires a los que conoció y
en cuyo honor cantó, pero en su lugar acabó viviendo lo suficiente como para
ser maldecido por Franco, que en 1957 le expulsó del diario Arriba pero al que,
sin embargo, defendió con gallardía tras su muerte; por el acomplejado y
semi-analfabeto Suárez, que en 1980 le expulsó de Prensa de Estado; y por el
clero, que prohibió su novela La fiel
infantería justo después de que le otorgaran el Premio Nacional de Literatura
que no ganó La familia de Pascual Duarte.
Fundador del SEU,
el “hecho extraordinario” que cambió el destino de su vida fue escuchar a José
Antonio Primo de Rivera, su mayor objeto de admiración y su Julio César, por el
que más tarde decidiría alistarse en el Bando Nacional como falangista, para
acabar herido de gravedad en una de las batallas más cruentas de la guerra, la
de Teruel —muchos creen, equivocadamente, que fue en la del Ebro—, de la que
surgirá su primera obra Eugenio o la
proclamación de la primavera. García Serrano era, ante todo, un católico,
un patriota y un cronista de efigie romana en la mejor estirpe de Tácito o de
Bernal Díaz del Castillo. Su serie novelesca sobre la Guerra Civil, al estilo
de unos “Nuevos Episodios Nacionales”, es un canto a la guerra y a la época; a
la reconciliación nacional y al recuerdo de los caídos. Cuando se cumplió el
centenario de su nacimiento en 2017 y los treinta años de su muerte justo un
año después, se recomendaron distintas obras suyas —Plaza del Castillo, Las vacas
de Olite, La ventana daba al río,
Bailando hasta la cruz del sur, Concierto para máquina de escribir y cinco
toques de corneta—, pero yo prefiero antes que todas ellas Diccionario para un macuto, su obra más
voluminosa, más vitalista y que quizás suponga la mayor sinfonía escrita sobre
la Guerra Civil a pie de frente.
Diccionario para un macuto
ofrece una perspectiva “de trinchera” o, mejor dicho —dado que la Guerra Civil
fue muchas cosas pero en ningún caso una guerra “de trincheras”—, “de frente”,
en la que además se recopilan todas las grandes obras sobre la contienda
escritas hasta la fecha —1964 en la primera edición—, muchas de las cuales hoy
resultan del todo inencontrables. Diccionario
para un macuto compone un caleidoscopio que bien puede pasar por novela, la
Gran Novela sobre la Guerra Civil, en la línea de lo que Michael Shaara hizo
con la Guerra de Secesión americana en Ángeles
Asesinos, donde tampoco hay desquite ni resquemor alguno. Diccionario para un macuto supone un texto
de raigambre galdosiana o barojiana, pleno de un lenguaje cuartelero y jalonado
de expresiones populares cargadas de gracia y de ingenio, y que adereza en su
conjunto un anecdotario tabernario digno del gran conversador que debió de ser
Rafael García Serrano. El talento visual y verbal de su escritura, cercano a la
vanguardia tanto en la forma como en el fondo, era capaz de atravesar las
décadas de distancia con el momento evocado para volver a insuflar vida a esos
días de guerra que el autor recrea, al más puro estilo cervantino de quién entrega
su existencia a un ideal, con un humor desenfadado y acogedor. La variedad de
nombres, imprecaciones, motes y chascarrillos recolectados acercan Diccionario para un macuto al
costumbrismo de Larra, maestro de articulistas. La propia idea de escribir un
Diccionario de argot bélico que en este caso no sigue el orden del abecedario
sino un orden más sugestivo elegido por el autor —y que acerca el libro a esas
novelas “de protagonista colectivo” como Las
noches del Buen Retiro, Petersburgo o
Manhattan Transfer—, supone el culmen
estilístico de un autor que amaba el lenguaje, sobre todo el de uso popular, a
la manera de Cervantes; un lenguaje que recogía y ampliaba, también como
Homero, y que acabó construyendo un uso propio e inimitable del idioma español
que amplió y dominó como pocos han sabido hacer en las letras hispanas del
siglo XX.
Tanto en Diccionario para un macuto como en La gran esperanza, su autobiografía —y Premio Espejo de España—, mis dos obras preferidas del autor, Rafael García Serrano se encuentra, en el momento de escribirlas, condenado al ostracismo. Ya no es el joven prometedor cargado de talento y de trabajo que brilla en sus obras tempranas. Se trata de un autor resignado a haber amado un imposible, a haber dado “la vida y el alma a un desengaño”, el proyecto español de la falange, que sabe que no se materializó y que quizás nunca existió como tal. Pero no se arrepiente en absoluto y volvería a tomar el mismo camino en caso de tener que volver a hacerlo. Esa paradoja barroca y profundamente hispana es la que contagió a su hijo Eduardo —llamado así por un amigo de su padre asesinado y torturado a manos del Frente Popular—, a la sazón un Sancho Panza “quijotizado” en esa escena final ocurrida en 1988, donde, tras pedirle un trago de vino tinto a su hijo, García Serrano perdió la vida en el hospital militar Gómez Ulla de Madrid. El autor navarro de Cuando los dioses nacían en Extremadura murió con 71 años el 12 de octubre, Día de la Hispanidad y Fiesta Nacional de España. Hoy más que nunca es necesario volver a libros como Diccionario para un macuto para combatir la farsa histórica de ánimo revanchista y el español diarreico de importación anglosajona que nos quieren hacer tragar a los jóvenes españoles.


Comentarios
Publicar un comentario