PARA ENTENDER LA NOVELA NORTEAMERICANA ACTUAL. Por Guillermo Mas.
Siempre había querido ser escritor. Y no de cualquier tipo: uno de los grandes. Tampoco de cualquier forma: escalando todos los peldaños de un único e impetuoso salto. Jamás había dudado de eso ni había tolerado que nadie a su alrededor cuestionara la envergadura de su ambición. Le interesaba la narración pero no el relato; la ideología, más no la reflexión filosófica. Quería debutar con una novela de largo aliento y no con el típico libro de cuentos o con la “novelita” breve de turno. O César o nada; solo que temía acabar estancado en la segunda opción: su pavor al fracaso era casi tan marcado como su aspiración al éxito. En vez de “romper el hielo” del panorama literario, su ambición era reventar todo el escaparate. De un contundente martillazo.
Como Tolstoi, su admirado
modelo, quería ser influyente, célebre, colosal, imperecedero. Y lo logró,
después de décadas intentándolo, con una novela memorable: Las correcciones. Había entrado en la misma tradición que incluía a
Herman Melville y a Thomas Wolfe: la “Gran Novela Americana”. Desde ahí arriba,
sin embargo, una sencilla duda debió de asaltarle: “¿y ahora qué?”, podría
haber reflexionado. Jamás se le había ocurrido especular con un atisbo de
respuesta.
Con más de cuarenta
años, a Franzen le llegó el reconocimiento de crítica y público que llevaba
décadas persiguiendo sin apenas descanso. ¿Qué le hubiera pasado al capitán
Ahab si hubiera cazado a Moby Dick un poco antes de la mitad del libro?
Simplemente, se hubiera muerto: en brazos de la locura. A Jonathan Franzen, en
cambio, lo asesinaron. Brutalmente. Su ejecutor, también llamado Jonathan
Franzen, perpetró el crimen casi diez años después del éxito anterior con una
novela llamada Libertad. Ya no habría
vuelta atrás: una identidad había suplantado casi sin esfuerzo a otra identidad.
Como una generación habita impúdicamente la casa ocupada por la anterior. Se
había producido la domesticación del escritor de genio.
Me explico: ¿Es
Jonathan Franzen un demagogo, un populista o, simplemente, otro autor
posmoderno capaz de decir una cosa y su contraria en cuestión de apenas unos
años? Autor de cuatro novelas largas hasta la fecha —Las Correcciones (2001), Libertad
(2010), Pureza (2015) y Encrucijadas (2021)—, la intención no es
tanto la de hacer aquí un análisis exhaustivo y pormenorizado de su obra como
una revisión sintética de su trayectoria. Para que el lector pueda tratar de
responder a la pregunta que acabamos de formular con las garantías que
aspiramos a haber ofrecido al término del presente texto.
En su brillante
ensayo Intelectuales, el periodista
británico Paul Johnson describe a Tolstoi y a Hemingway como dos escritores
mucho más preocupados por influir en el mundo que por realizar gran arte.
Franzen comparte, sin duda, las palabras que Johnson vierte acerca del gran
autor ruso: “Pensamos en Tolstoi como un
novelista profesional, y, naturalmente, lo fue en cierto sentido. En sus dos
obras magnas, aplicó lo que solo puede calificarse como genio, organizando
numerosos detalles para el resuelto diseño de grandes temas que se sostienen
hasta implacables conclusiones”. Esa ha sido y es la actitud de Franzen
respecto a la novela; en cuanto a su imagen pública, cabe añadir que mientras
que hay escritores como Salinger, Pynchon, o McCarthy que no se dejan retratar
ni conceden entrevistas, Franzen, de nuevo como Tolstoi, se ha fotografiado
hasta la saciedad, imbuido de mensajes para la humanidad, transido de una
espiritualidad inconcreta y evanescente, meditabundo hasta la náusea, y
caminado expeditivo y rodeado de naturaleza salvaje: todo ello mostrado sin
pudor alguno a través de múltiples entrevistas en las que gusta de detenerse,
haciendo un marcado aspaviento, para hacer notar el tenue canto de un pájaro a
lo lejos. ¡Quia!
El género que mejor
habla de nuestro tiempo es la novela; pero también es el que más cantidad de
libros produce al año, el que más se vende y el que mayor atención crítica
merece. La concepción de la novela que tiene Franzen sigue un ideal de
escritura (y también de escritor) del siglo XIX, para el siglo XXI. Si la forma
es el fondo porque el medio es el mensaje, como reza el dogma posmoderno, solo
con ese dato podemos identificar un fondo conservador en su voz. En cuanto a la
manera en la que Franzen introduce su cosmovisión, se hace necesario precisar
que este escritor suele confundir emoción con emotivismo; sentimiento con
sentimentalismo; y catarsis con música de violines. En ese sentido, creo firmemente
que la recepción de Franzen en España, e imagino que también en otros países,
de un novelista celebrado de manera entusiasta por crítica y público, permite
al novelista patrio conservador en lo formal seguir instalado en la comodidad
de siempre al tiempo de decir que se está a la última con lo que se lleva en Norteamérica;
una actitud que, en literatura como en todo lo demás, siempre te hace parecer
más enterado de lo que en realidad lo estás. Cualquier novelista que así lo
pretenda puede atrincherarse en una postura de escritor social y comprometido,
quedando parapetado tras las figuras de Galdós (clásico), Chirbes (modelo
patrio) y de Franzen (modelo internacional), y con eso ya tiene la carrera
literaria encarrilada de por vida.
No debe extrañar la
tan cacareada amistad de Franzen con Foster Wallace; en el fondo, ambos
representan diferentes variantes del intelectual conservador. La concepción de
la novela de Franzen —de Las Correcciones
en adelante— no puede ser más ajena y hasta contraria a toda forma de experimentación.
Y la comprensión de la realidad de Foster Wallace a finales de los 80 y
principios de la década siguiente no puede ser más reaccionaria frente a los
valores en alza: hedonismo, consumismo, uso de drogas, etcétera. Ambos son
puritanos, en la línea de una nación fundada políticamente mucho más sobre una
tradición puritana que ilustrada, solo que Franzen se queda con la peor parte
del puritanismo: la aburguesada; mientras que Foster Wallace, en cuanto que
moralista, sí que se permite a sí mismo la experimentación formal, que
cristalizaría en una de las novelas más revolucionarias de finales de los 90: La broma infinita. Tras el suicidio en
2008 de un atormentado Foster Wallace, Franzen se convertiría en uno de los
principales albaceas públicos de su memoria. Pero hay en su concepción
conservadora de la novela algo de traición hacia la obra de un autor, su amigo,
que jamás habría compartido la deriva iniciada por Franzen en Libertad.
Franzen ha
declarado en más de una ocasión que Los
Reconocimientos de William Gaddis es la novela más difícil que ha leído
jamás. No es un halago: más bien se trata de lo contrario. De hecho, esas
declaraciones acompañadas de un artículo donde rechazaba el modelo posmoderno
de la novela que trata de zancadillear al lector con dificultades, le llevó a
una polémica con el también escritor Ben Marcus, que defendió en las páginas de
la prestigiosa publicación Harper´s
una encendida e interesantísima polémica que recuerda, para el público español,
a la vieja disputa sostenida entre Juan Benet e Isaac Montero acerca de las
novelas comprometidas y la experimentación formal.
En una entrevista
concedida hace varios años, uno de los mayores críticos literarios de nuestro
tiempo, el italiano Pietro Citati, afirmaba, ante la pregunta del
entrevistador, que, en efecto, Philip Roth era un gran escritor pero que él
prefería, a cambio, a Joseph Roth. Se trata de toda una declaración acerca de
dos modelos colindantes que en algunos puntos se intersectan y en otros tantos
se oponen entre sí: la modernidad y la posmodernidad literarias. El debate
Franzen-Marcus y su versión española Montero-Benet, trata precisamente del
enfrentamiento más o menos explícito de las dos posturas.
Otro ejemplo de
dicha dicotomía lo encontramos en las distintas actitudes de dos autores
europeos de renombre y sus respectivas posturas en torno a la literatura
autobiográfica. Estamos refiriéndonos, por supuesto, a George Steiner y a
Emmanuel Carrére: dos autores cuyo caso vamos a ver a continuación siguiendo el
hilo dejado por el periodista español Arcadi Espada en su interesantísimo ensayo,
de reciente publicación, La verdad.
Tras la muerte de
Steiner, hace casi dos años en febrero de 2020, su amigo Nuccio Ordine publicó
una entrevista póstuma en la que se anunciaba la publicación, en 2050, de la
correspondencia íntima de Steiner con una mujer desconocida en la que, al
parecer, se encuentra la faceta más personal del autor anglo-estadounidense. Se
trata, como bien destaca Espada en su análisis, de una postura que considera el
celo como una virtud respetuosa para los seres queridos y que no quiere
renunciar a la verdad por miedo a dañarlos públicamente. Por el contrario
encontramos a Carrere, novelista posmoderno que supone, junto a Karl Ove Knausgard,
el gran emblema de la autoficción en nuestro tiempo. Su último libro hasta la
fecha, Yoga, es el primero tras el
divorcio de Carrere con su mujer, proceso en el cual el autor francés ha
firmado un contrato por el que se compromete a mostrarle todo lo que vaya a
decir públicamente sobre ella antes de que sea público. Por lo tanto, no está
en posición de decir la verdad si su exmujer considera que lo escrito daña su
imagen. El propio Carrére ha reconocido la merma que dicho acuerdo supone para
su obra, aunque no por ello haya dejado de aprobarlo con su firma. Se trata de
otra postura, la posmoderna, que prefiere la inmediatez maquillada a cambio de
no dañar a los seres queridos con la verdad. Así lo analiza, como se ha dicho,
Arcadi Espada.
Otro caso, antes de
volver a Franzen y a la cuestión sobre el rupturismo formal y sus
consecuencias, sería el de Elías Canetti, quien, ya antes de Steiner, dejó una
ingente cantidad de apuntes inéditos en los que se encuentra supuestamente lo
mejor de su obra pero que no podrán ser publicados hasta medio siglo después de
la muerte del autor. Se puede especular hasta el agotamiento sobre las razones:
lo único cierto es que no hay noticia de ellas. Por contra, el escritor peruano
Jaime Bayly ha hecho siempre gala de un extraordinario exhibicionismo literario
para mostrar los vericuetos de su vida privada y la de todos aquellos que le
rodean —incluido, por supuesto, en lo referente a lo sexual—, casi al tiempo
real y sin mirar jamás las consecuencias que esas revelaciones tenían en su
entorno.
La senda del arte
moderno consiste en hacer una crítica antimoderna del mundo donde se encuadra.
La revolución formal permite despertar al aletargado espectador de una realidad
alienante y deshumanizadora que invita al letargo perpetuo que finalmente
termina de confundirse con la muerte. En La
obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica de Walter Benjamin
leemos: “La Humanidad, que antaño, en
Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha
convertido ahora en espectáculo en sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un
grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de
primer orden”. Y en la Poética de
Aristóteles leemos: “Reconocimiento, como
el propio término nos indica, es el paso de la ignorancia al conocimiento… El
reconocimiento es más eficaz cuando coincide con un revés de la fortuna”.
La declaración sin ambages de esa “autoalienación” como espectáculo narcisista
constante, puesta en común con la imposibilidad del reconocimiento en el mundo
moderno supone el germen teológico del que nacerá una obra que lo cambió todo: Los reconocimientos de William Gaddis.
Esa novela que Franzen considera demasiado “difícil” sin querer entender, a
cambio, otras muchas implicaciones por las que, como afirma con buen humor el
novelista Juan Francisco Ferré, “Gaddis
no es Galdós”. Sencillamente, y contra lo que cree Franzen y todos los que
entienden la literatura en la misma línea (véase: los dos tomos de Manual de Literatura para caníbales de
Rafael Reig), no puede serlo.
Se agotó la
modernidad con James Joyce y su Ulises (1922) que, según el genial autor irlandés,
tendría ocupado durante un milenio a la crítica literaria; y Samuel Beckett, su
discípulo y joven amigo, ensayó en francés el fin de la novela con una trilogía
poderosa —Molloy (1951), Malone muere (1952) y El innombrable (1953)—, que pulverizaba
hasta la nada más minimalista todo aquello que Joyce había absolutizado hasta
alcanzar cierto tipo de grandeza crepuscular. Después de ese aparente punto
final a una tradición incoada con Cervantes, llegaron los posmodernos, quizás
los más grandes discípulos que jamás haya tenido el creador de Don Quijote, y
la resucitaron con las obra de William Gaddis y de John Barth entre mediados de
los 50 y principios de los 60 del siglo XX: Los
reconocimientos (1955) y El plantador
de tabaco (1960). Más tarde, vendrían en la misma línea autores como Thomas
Pynchon, que había estudiado literatura en clase de Nabokov, y Don DeLillo, el
mejor heredero de Dos Passos, y terminaron de sentar las bases de la literatura
posmoderna en los años 70 y 80. Ya en los años 90, cuando dicha corriente había
sido reconocida y estudiada en la mayoría de corrientes teóricas y críticas del
mundo (no en España), llegaron nuevos autores cargados con el mismo ánimo
rupturista: David Foster Wallace y la citada La broma infinita; Evan Dara, en realidad un pseudónimo, y su obra
anticipadora del big data y el flujo
de información de Internet en El cuaderno
perdido; y, especialmente, dada la introducción de nuevos lenguajes como el
visual, La casa de hojas de Mark Z.
Danielewski en los 90. Ahora, después de dos décadas de repetición y aparente
estancamiento, nos encontramos ante un nuevo agotamiento que requiere de otro
giro más en esa gloriosa tradición cervantina consistente en la extinción y el
renacimiento constante. Pero esa aparente pausa en la evolución de la forma ha
querido coincidir en el espacio y en el tiempo con la obra literaria de
Jonathan Franzen, quien ha llegado para clamar contra esa literatura complicada
hasta el hartazgo e inmisericorde con el pobre lector medio. Menudo hallazgo.
Gran público. A él
se debe Jonathan Franzen como si de un salvador (no elegido por ningún
colectivo ni reclamado por nadie antes de su llegada, cabe añadir) se tratara.
Por el camino de Franzen y su vuelta al modelo decimonónico, la literatura será
devorada por un modelo comercial huero; y, sobre todo, por otra forma de
ficción que sí que hereda el espíritu de las novelas decimonónicas, dada su
relación con el lector y su estructura serial: las teleseries. Si Franzen cree
que resultando ligero va a “entretener” o a provocar “evasión” con más eficacia
que la navegación por Internet o el disfrute de un videojuego de realidad virtual,
está equivocado. Y si comete el error de confundir las novelas de tesis con las
novelas de ideas, nosotros no debemos legitimar al autor en su equivocación con
nuestro aplauso. Que la posteridad le muestre el camino de la realidad de la
literatura en el siglo XXI, más allá de las vanidades terrenales con las que,
sí, la obra de Franzen puede sentirse colmada. También se las pueden quedar
todos sus acérrimos defensores, si así duermen más tranquilos.
En varias novelas
de Franzen hemos encontrado a distintos personajes leyendo, cómo no, Guerra y Paz. Es su modelo narrativo:
Franzen utiliza habitualmente el estilo indirecto libre y un narrador en
tercera persona, aunque en Libertad hace
una excepción durante un breve tramo de la novela para introducirse mejor en la
psicología de un personaje, algo que tampoco debería chocar al lector atento de
Leopoldo Alas “Clarín”; la estructura de sus novelas cuenta con varios
personajes principales pero es, en el fondo, básica, puesto que se funda en la
alternancia lineal de narraciones y en el seguimiento de los distintos periplos
que encarna cada miembro de la familia estudiada; sus tramas, asimismo, son
lineales y no suelen conocer el uso de la elipsis ni de la fragmentación; se
reitera en la tipología de personajes y en los arquetipos familiares que emplea
una y otra vez, siendo los “genios fracasados” los más habituales; su mayor
defecto, sin embargo, se encuentra en ese ánimo desbordante que lo quiere
contar todo; y, a pesar de su supuesta crítica social o de la recurrencia de
personajes relacionados con la contracultura, su mensaje siempre resulta, en el
fondo, bastante conservador; por no añadir que el contenido le resultará
redundante y manido a cualquier lector del The New Yorker o de cualquier otra
importante publicación de la intelectualidad norteamericana. Ideas recalentadas
para un modelo de novela conservado en formol.
A Jonathan Franzen
le han superado en su propio terreno, el de la crítica social de fuerte carga
ideológica, dos extraordinarios novelistas que, a mi ver, resultan notablemente
superiores: Jonathan Lethem (Los jardines
de la disidencia) y Lionel Shriver (Los
Mandible), cuyas novelas también suelen orbitar alrededor del tema de la
familia. Por otro lado, uno de los pocos autores consagrados comparables a
Franzen, como lo es Paul Auster, ha resultado ser mucho más valiente,
arriesgado y vital, reinventando su estilo en varias ocasiones cuando ya estaba
bendecido por toda la crítica cultural internacional; así, en 2017 llegó la
novela 4 3 2 1 y en 2021 el ensayo La llama inmortal de Stephen Crane, que
son proyectos arriesgados, teniendo en cuenta lo que el público puede esperar
de él. La crítica social mordaz, políticamente incorrecta y literariamente
desatada de Bret Easton Ellis en distintas novelas (American Psycho o Glamourama)
ha resultado ser mucho más honda y acertada que la de Franzen. Por último, esa
calidez tan conveniente para la seguridad de la editorial de turno y para la
tranquilidad del lector agasajado, que Franzen astutamente inocula en todas sus
supuestas críticas sociales, palidecen frente al cálido encanto de Robertson
Davies (Trilogía Deptford) y al
gélido desasosiego de Russell Banks (Deriva
continental); siendo el segundo, además, una influencia directa reconocida
por Franzen.
El mayor defecto de
Franzen es que mantiene una concepción de la tradición histórica lineal que se
corresponde perfectamente con el monólogo incesante del narrador en tercera
persona. Narrativamente, actúa como si Cervantes o Flaubert jamás hubiesen
existido; como si el mundo no se hubiera ampliado en el espacio, vuelto
polifónico en el tiempo ni visto alterado por el descubrimiento del llamado
“efecto mariposa” de Edward Norton Lorenz, que demuestra que “todo está conectado” (E.M. Forster) y
que “todo está en todas las cosas”
(Sergio Pitol). Tampoco parece que, siguiendo la Gordon Earl Moore, el número
de transistores y de microprocesadores a nuestro alrededor llevara sufriendo
una duplicación anual constante y continuada durante varias décadas al punto de
que la cantidad de información producida a cada instante es mayor a la que
existía en toda la historia anterior de la humanidad. Con sus consecuencias en
la percepción de la realidad. Sin embargo, Franzen sigue trabajando con tramas
simples: algo muy respetable si quieres contar una historia sin más, pero no si
supuestamente encarnas la vanguardia de una forma de arte cuyo mayor rasgo
distintivo es la capacidad única para permitir el conocimiento absoluto de la
realidad introduciendo otros formatos y lenguajes provenientes de los más
diversos ámbitos.
Esa simplificación “emotivista”
que Franzen opone a la experimentación formal es, respondiendo a la pregunta
planteada al principio, demagogia pura; literatura populista y espuria puesto
que no se corresponde a la compleja realidad de nuestro tiempo. Los que llaman
“gran novelista” a Franzen no tienen una concepción de la ficción como forma de
conocimiento y, por lo tanto, no saben distinguir una obra de entretenimiento
de una forma de autoconocimiento. Como si el mundo no hubiese devenido Red de
estructura serial en permanente ampliación, las historias de Franzen siguen
representando a individuos oriundos de una sola cultura (a excepción hecha de,
por supuesto, Las Correcciones) a
través de relatos no menos compactos que los de los grandes novelistas del XIX.
Milan Kundera
hablaba en sus ensayos sobre literatura del “rayo divino que descubre el mundo en su ambigüedad moral y al hombre en
su profunda incompetencia para juzgar a los demás, de la embriaguez de la
relatividad de las cosas humanas; del extraño placer que proviene de la certeza
de que no hay certeza”. Es decir, hablaba de un modelo de novela complejo e
inabarcable para un mundo complejo e inabarcable. Si el antes citado George
Steiner hizo su tesis sobre la necesaria disyuntiva “¿Dostoievski o Tolstoi?”,
y finalmente se quedaba con el primero, los grandes novelistas de nuestro
tiempo, a diferencia del tolstoiano Franzen, harían lo mismo.
No tengo ningún
problema con el tipo de novela que escribe Jonathan Franzen: creo en la
necesidad más real que nunca de hacer superventas de calidad y, al fin y a la
postre, la ficción consiste nada más y nada menos que en el arte de saber
contar buenas historias, algo que Franzen (¿no lo hacen también Arturo Pérez-Reverte
o Lawrence Nortfolk pero con muchas menos ínfulas “intelectuales”?) sabe hacer
más allá de cualquier atisbo de duda. El debate reside en esa enorme campaña
mediática y crítica que defiende que ese tipo de literatura en general y ese
autor en particular se encuentran en la cima del panorama literario de nuestro
tiempo. Lo siento, pero he de sentenciar que no es así, después de las razones
ofrecidas en este artículo y de tantas otras críticas recibidas por el autor en
otros muchos foros. Y diré algo más, aunque espero de veras no ser demasiado
injusto ni exagerado, pero tengo la sensación de que cualquiera de las novelas
de Tom Wolfe o de John Irving, dos excelentes novelistas de corte clásico a los
que admiro profundamente, valen más que toda la obra de Jonathan Franzen junta.
La originalidad,
tan codiciada por todo hijo de vanguardista y nieto de romántico que se precie,
es una virtud creativa de la que no se suele ser consciente hasta mucho tiempo
después del instante fundacional, cuando ya forma parte de la tradición y existe
una unanimidad prácticamente consensuada en torno a la influencia irradiada en
los sucesivos imitadores más o menos confesos. De obvio resulta insultante pero
ante esa tendencia tan cargante como imperante que consiste en pensar todos los
días que se han descubierto el mar Mediterráneo y la Coca-Cola de una sola
tacada, se hace necesario tener que repetir que los tipos como Miguel de
Cervantes, Bob Dylan o David Lynch no aparecen todos los días. De lo contrario,
por supuesto que no hablaríamos durante décadas, centurias y puede que hasta
milenios de Cervantes, Dylan y Lynch.
Crítica, teoría y
estética suelen ser formas distintas de mirar al arte acostumbradas, en cada
caso, a ocurrir y a discurrir por carriles distintos y, en algunos extremos,
también opuestos, desde los que mirar, entender y pensar el arte. Normal,
entonces, que una crítica centrada cerrilmente en el continuo presente, siempre
precoz y estrecho de miras; una teoría sumamente abstracta, evanescente e
inconcreta, cobarde en exceso como para ensuciarse las manos con lo recién
sacado del horno; y una estética demasiado apegada a su hermana mayor
dominante, narcisista y sobona: la filosofía; no entendieran la envergadura que
representaban y la brillantez que encarnaban dos de los proyectos literarios
más importantes surgidos a mitad de la década de los 50 y principios de los 60:
las obras de, respectivamente, William Gaddis (1922-1998) y John Barth (1930-),
que abrieron una senda decisiva que aún hoy debe ser recorrida por cualquiera
que quiera extraer y sellar una huella lo suficientemente honda en el
imaginario colectivo del llamado “capitalismo de control”.
Lo peor, quizás, no
sea tanto esa ignorancia en el momento de su aparición como la ignorancia en la
que todavía siguen sumidos ambos autores (Sexto Piso publicó entre 2013 y 2014 Los reconocimientos y El plantador de tabaco; cuya tirada
española no fue precisamente un éxito de ventas y cuyos ejemplares existentes
se encuentran hoy agotados) para la mayoría ya no solo de lectores, sino
también de críticos culturales y literarios, profesores universitarios del
mundo de las humanidades y filósofos interesados por la estética y la cultura,
dentro del ámbito hispano. Un Premio Nobel al anciano John Barth ayudaría a
revertir, aunque fuese ligeramente, dicha situación de oprobio e ignominia para
la gran literatura; sin embargo, hay que entender que la Academia Sueca se
muestre más interesada por la obra sin duda relevante e imperecedera de Tomas
Tranströmer o de Abdulrazak Gurnah. Vanidad de vanidades…
Esa “pérdida del aura” de la que hablaba
Walter Benjamin tempranamente en su imprescindible opúsculo La obra de arte en la época de su
reproductibilidad técnica (1936), y que es consecuencia de un sistema de
producción en cadena, iguala a la obra de arte con cualquier otro producto
mediático al punto de que, aislando únicamente el proceso de realización, el
objeto artístico resulta idéntico al objeto de consumo y, finalmente, ambos se
verán mezclados, revueltos y hasta confundidos dentro de la cultura de masas.
Todo es fragmentario y ecléctico, líquido e híbrido, vaporoso e indefinible en
la cultura posmoderna; puro collage
bastardo y polifónico. Quizás la posmodernidad haya acabado y, como creen
algunos autores, habitemos en una pos-posmodernidad, pero lo cierto es que
seguimos siendo, al menos en términos narrativos, hijos de lo que William
Gaddis y John Barth sacaron a la superficie con Los reconocimientos (1955) y El
plantador de tabaco (1960). Después vendrían Pynchon, Heller. Vonnegut,
Coover y tantos otros; pero esa es otra historia que no vamos a contar aquí.
Todo es tasable, “etiquetable”
y finalmente comerciable en el mundo capitalista: el talento, lo sublime, el
arte, lo bello, el amor, la felicidad; de lo mayoritario a lo minoritario: la
alta cultura convertida en una mercancía tan precaria como el producto de
consumo menos consistente; y, por supuesto, todo lo que en un instante es
subversivo, corrosivo e irreverente puede pasar a ser, al tiempo de un instante
subsecuente, a ser perfectamente comerciable, integrado ya en el sistema de
valor capitalista. Ese mismo sistema de valor entiende dos categorías
fundamentales: el llamado “valor de uso”, que representa un orden perteneciente
todavía a un estadio pre-capitalista y artesanal, frente al conocido como
“valor de cambio”, aquello que puede ser intercambiado por otro objeto cotizado
en un estatus similar; es decir, lo imperecedero insustituible frente a lo
caduco reemplazable. Hablar de Los
reconocimientos y de El plantador de
tabaco es hablar de dos de las grandes novelas del siglo, de dos de las
mayores obras de la Historia de la Literatura, de dos gigantescas máquinas
excavadoras que abren nuevos caminos prestos a ser recorridos una y otra vez,
en paralelo al avance de la propia realidad. Su decisiva especificidad,
aparecida en el momento adecuado para cambiarlo todo en términos narrativos,
está más allá de toda duda.
Thomas Pavel en su
estudio Representar la existencia. El pensamiento
de la novela, escribe en términos muy elocuentes sobre la capacidad que
esta forma artística ha demostrado a la hora de contar la progresiva realidad
del mundo moderno: “La novela es el
primer género que alcanza a concebir el mundo en tanto unidad que trasciende la
multiplicidad de las comunidades humanas. Para captar y apreciar el sentido de
una novela, no basta con considerar la técnica literaria utilizada por su
autor; el interés de cada obra proviene de que propone una hipótesis sustancial
sobre la naturaleza y la organización del mundo humano. El logro de una obra
narrativa proviene de la convergencia del universo ficticio escenificado con
los procedimientos formales que lo evocan”. La novela es la única forma
artística que permite un conocimiento absoluto de la realidad compatible con el
capitalismo: puede ser objeto de consumo y recipiente textual del espíritu.
Cervantes inventó una forma que mezcla tradición y originalidad; permanencia y
mutabilidad; narración y discurso; cuento y pensamiento; realidad y
subjetividad. La contribución de Gaddis y de Barth a esa herencia supone una
cima de difícil parangón.
El tema de Los Reconocimientos es el arte,
expresado a través del mitologema del pacto faunístico de quién vende su alma
al mal: un camino insoslayable para todo aspirante a artista en nuestro tiempo.
Recktall Brown sería el diablo, encarnado en un marchante de arte neoyorquino
con una visión empresarial consistente, que seduce a Wyatt Gwyon afirmando, de
manera implícita, que la única forma de arte realmente posible en nuestro
tiempo donde el arte ya ha acabado es la falsificación, el plagio, la
retroalimentación falaz. Se superponen niveles narrativos como las capas de
sedimentos de cualquier terreno montañoso.
Sin embargo, nadie
debe llamarse a engaño: la novela está conformada por una auténtica
superposición de voces, en una conversación sin fin, tras, eso sí, un inicio
muy asequible de más o menos doscientas páginas que desentona, en lo que a
dificultad se refiere, con el resto de la obra y con la mayoría de grandes
novelas posmodernas. Esa falsificación realizada por Gwyon tiene su sede
metafórica en el excelso arte del Renacimiento: ese instante histórico que
supone el nacimiento de la perspectiva pictórica y filosófica, del claroscuro
tenebrista, del capitalismo mercantilista y del yo moderno individualista. El
tratamiento de todo ese conjunto desde tan altas miras intelectuales resulta
mucho más hondo de lo incluido en la mayoría de escritos de filosofía de los
últimos setenta años.
Cabe destacar en un
lugar destacado la reflexión que da título a la obra y que versa acerca de la
creación: el ser creado que se reconoce como tal y el creador que se reconoce
en lo creado: algo en principio imposible en un mundo dominado por la técnica,
la publicidad y la reproducción casi ilimitada de los objetos. Pero Los reconocimientos se erige también
como la última invectiva de resistencia contra la abrumadora perspectiva de una
literatura domesticada por la industria y domesticadora para con el lector, a
través del mero entretenimiento y de la simple evasión., por medio del mercado,
en connivencia con una crítica carente de oficio y con un lector desamparado de
recursos y desposeído de criterio. El artista, figura central en la novela, no
puede abandonar el mundo capitalista ni tampoco permanecer en él: es por eso
que opta por vivir oculto tras la máscara y el parapeto que ofrece la
imitación. La brillante metáfora que cierra el libro muestra cómo un pianista
toca una vieja partitura en una Iglesia antigua que acaba derrumbándose, a
consecuencia del peso irremediable del tiempo, sobre el intérprete, acabando
con su vida: el mundo del arte es un universo de fantasmas y de muerte en
contraste con el mundo de deseo y consumo en el que hemos quedado todos
atrapados como las moscas en una tela de araña.
Por su parte, lo
que John Barth trata de hacer en El
plantador de tabaco es un irreverente y divertidísimo ejercicio de
metaliteratura posthistórica volviendo a dos obras fundamentales estructuradas
en torno al motivo del viaje y, más concretamente, del nostos o vuelta a casa: La
Odisea y al Quijote. Su
protagonista, sin embargo, tendrá mucho más de Alonso Quijano que de Ulises,
puesto que será un antihéroe cómico que anticipará a otros personajes del mismo
corte como Ignatius Reilly. Su perspectiva tampoco será nada espiritual ni
simbólica para este particular “viaje del héroe” percibido desde el nihilismo
de su autor, John Barth, quien, no lo olvidemos, acabó fascinado en la etapa
final de su obra por Thomas Bernhard y su escritura musical cargada de
melancolía y desasosiego. Ya no es posible la hipótesis de los dioses homéricos
ni la seguridad de un dios cervantino.
Ebenezer Cooke,
protagonista de la novela, carece además de un Sancho Panza aunque en su viaje
irá encontrando distintos personajes extravagantes, como su propio padre, que
permitirán introducir una visión materialista y paródica de la existencia y de
la historia. Más allá de tratar temas fundamentales como la paternidad, todo
ello muy en la línea de las teorías de Freud sobre la necesidad de “matar al
padre” que sirven, a la vez, para desarrollar la relación de EEUU con
Inglaterra: punto de partida y de llegada del viaje de Cooke. Desmitificar el
pasado heredado y construido antes por otros para volver a (re)contar la
historia, a través de los ojos de un personaje tragicómico donde confluyen
idealismo e idiotez: ese sería el resumen de la obra.
El periplo del
protagonista mantiene unas coordinadas bastante similares al periplo de la
propia historia de la novela: tras el momento inicial en Cervantes, pronto se
pasó a lo anglosajón (Laurence Sterne, Samuel Richardson) y, más adelante, de
Inglaterra a los Estados Unidos (Gaddis, Barth); por su parte, el periplo de
Cooke comienza en Inglaterra para trasladarse a los EEUU. Maestro del disfraz
que transmuta su identidad (y su género) de manera constante, nada permanece en
él: el nombre se trastoca, la apariencia varía sus prendas, el pasado es
reformulado mediante nuevos relatos. Todo lo que antes era sólido, en palabras
de Marx, se desvanece sin remedio en el aire.
Cooke es, digámoslo
ya, un tipo delirante quiere escribir la Marylandiada (Barth era de Maryland),
un poema épico de largo aliento, como un aedo
clásico similar al propio Homero. Como todas las grandes obras populares, sus
distintos interlocutores y las peripecias del día a día irán enriqueciendo la
obra hasta volverla algo superior a lo autoral: una creación colectiva e
intemporal. Es ahí donde entra con potencia la cuestión de la metaliteratura y
de la sátira desmitificadora: pasarían décadas hasta que Umberto Eco le abriera
al lector común esa misma perspectiva narrativa con su éxito de ventas El nombre de la rosa (1980). A pesar de
las recientes oleadas de identitiarismo, fruto del temor a la incertidumbre, en
las que todavía estamos inmersos, hoy resulta casi imposible sostener una
identidad fuerte como aquellas de circulación común en el pasado en terrenos
tan decisivos como la religión, la pertenencia a una empresa histórica o
incluso un proyecto político de fuerte carácter ideológico.
Barth se permite
analizar dos tópicos esenciales de la ficción norteamericana: la fundación de un
nuevo Edén y pérdida de la pureza. Son dos temas directamente relacionados con
la propia historia del país pero que en El
plantador de tabaco son tratados a través de una suerte de libro de
aventuras: no paran de suceder acontecimientos con una innegable capacidad
cómica: pocos libros más mordaces y descacharrantes existen. La epopeya
particular de Cooke, entonces, permitirá revisar la mitología de un pueblo
carente de historia que se tiene que contar a sí mismo constantemente, como
hacemos los propios seres humanos del siglo XXI a diario.
El mito fundacional
utilizado como útil político para imponer una identidad: eso es lo que ironiza
Barth al mostrarnos de qué forma convertimos nuestras derrotas en triunfos por
medio de la mentira: lo que no se puede ganar por la historia se puede ganar
por la literatura, parecen haber pensado los grandes creadores de relatos
identitarios nacionales. Precisamente el poder siempre se ha valido de un
relato simbólico para, a través del dominio del imaginario colectivo, darle un sentido
común a las vidas individuales de los hombres. Por eso la gran ficción del
pasado instaurada por el poder solo puede ser combatida por la gran ficción del
novelista autoconsciente y desprogramador: John Barth y su novela El plantador de tabaco. Hackeando el software histórico y mitológico
consensuado por todos es como realmente se derriban los muros ideológicos que
mantienen constreñida a una sociedad.
Don DeLillo, autor
de Ruido de Fondo (1985), una de las
pocas novelas que han sido capaces de añadir profundidad a la visión que Gaddis
y Barth mostraron de la realidad a través de la literatura, reflexionó en una
entrevista sobre el papel del artista en el mundo moderno, algo que no puede
sino coincidir con lo indicado por Gaddis en Los reconocimientos, solo que actualizando el mensaje a los nuevos
tiempos: “No me lo tomo en serio, pero
que me llamen mal ciudadano es un cumplido para un novelista, al menos en mi
opinión. Eso es exactamente lo que debemos hacer. Deberíamos ser malos
ciudadanos. Deberíamos serlo, en el sentido de que escribimos en contra de lo
que representa el poder y, a menudo, lo que representa el gobierno, lo que
dicta la corporación y lo que ha llegado a significar la conciencia del
consumidor. En ese sentido, si somos malos ciudadanos, estamos haciendo nuestro
trabajo”. Para ello se hace necesario volver a las raíces del pensamiento
popular antes de la tergiversación: otro rasgo estético que Barth retoma a
partir de Cervantes. La cultura popular era oral y coral; la cultura pop es de
una industria y pertenece a un único mercado común: ya no se podía atacar, en
consecuencia, a, pongamos por caso, los bolsilibros españoles o a los pulp
norteamericanos, defendiendo a cambio las esencias del arte sublime porque todo,
en la realidad, era fragmentario, todo hablaba de la sociedad, todo estaba
unido y cada parte infinitesimal contenía una verdad acerca del conjunto
imposible de trazar. No pueden existir viejas jerarquías en una realidad donde
constantemente recibimos borbotones de información sin filtrar insuflados desde
un hilo sin fin de pantallas que componen una realidad poliédrica e inabarcable,
donde cada concepción de la verdad responde a una perspectiva subjetiva que
discurre paralelamente y resulta complementaria de las demás.
Se trata de una
nueva forma de entender la realidad donde todo transmite información y, por lo
tanto, es materia prima presta a ser transfigurada en conocimiento:
transmedialidad, multiplataforma, suma de lenguajes e incorporación de nuevos
formatos: un modelo transversal de cultura que es, en realidad, una
contracultura; más aún: una anticultura. Y donde cualquier ciudadano, forjado
durante años en blogs y en teleseries, ha desarrollado un criterio propio más
allá de todo canon establecido, de toda escuela académica o de cualquier
imposición oficial que pretenda establecer un orden de validez universal. La
realidad ha devenido simulacro, por eso, citando a Jameson, la mímesis debe ser
abandonada para dejar paso a una concepción más lúdica y menos constreñida de
la denuncia de la actual deriva del mundo: la parodia, el trampantojo, la
sátira, el carnaval, la patochada. La literatura, en cuanto que ficción
compleja, tiene una capacidad de penetración y de anticipación que resulta
necesaria en nuestros días para entender la realidad de la que carece la
filosofía. Como escribiera Tzvetan Todorov, “A veces necesitamos la ficción para entender la realidad”. En
nuestros días, posteriores al 11S y a la pandemia de coronavirus, donde
pareciera que finalmente hemos atravesado la pantalla de la televisión, cuando
la realidad parece una ficción televisiva más, la necesidad de ficción es más
acuciante que nunca.
Podemos agrupar,
empleando tres denominaciones aparentemente enfrentadas entre sí, a los
modernos, a los antimodernos y a los posmodernos como tres formas de
anticultura o de contracultura posibles en nuestro presente. Todos ellos
ejercen la crítica y se muestran enormemente descontentos con el rumbo del
mundo, de las sociedades, de la realidad. Sin embargo, lo que diferencia al
moderno y al antimoderno del posmoderno es que el último no elige serlo,
sencillamente no le queda otra opción si quiere pensar la realidad hasta sus
últimas consecuencias y según unos parámetros actuales sometidos a un cambio y
a una reformulación vertiginosa e incesante. Narrativamente hablando, podemos
trazar un símil entre dos libros fundamentales en la literatura española
reciente como Larva (1983) de Julián
Ríos y el Proyecto Nocilla (2006) de
Agustín Fernández Mallo para entender la envergadura del proyecto de Gaddis y
Barth a nivel internacional. Otros escritores cuya obra no consta de una gran novela
a modo de buque-insignia pero cuya suma total puede tener una equivalencia
similar son Juan Goytisolo, Enrique Vila-Matas y Andrés Ibáñez.
Vivimos en la
poshistoria, donde nuestra identidad ha sido redefinida en varios ámbitos
fundamentales; esas fronteras antes inamovibles, fijadas férreamente y tan
sólidas como en el fondo arbitrarias y ficticias, han devenido dúctiles,
maleables, ilimitadas; y la vieja concepción del tiempo y de la historia ha
sido sustituida por otra no lineal ni unidireccional. Hemos pasado del hecho
histórico al acontecimiento simultáneo: del solipsismo perpetuo a la
intercomunicación constante.
Gracias a la
ficción televisiva hemos descubierto que el showrunner
puede ser un moderno novelista en cuanto que diseñador de ficciones ambiciosas
que modelan el imaginario colectivo y absorben la realidad en su conjunto para
redefinirla narrativamente. Esa gloriosa entelequia conocida “Gran Novela
Americana”, que inventan Gaddis y Barth en la línea de Melville y Hawthorne,
casi al alimón, también puede acabar siendo series televisivas como The Wire o Mad Men. Sin embargo, el poder de las multinacionales, el incremento
del big data (recopilación de
información) y el desarrollo de la influencia del algoritmo en la creación de
nuevos proyectos televisivos (¿podremos ver pronto series ideadas, dirigidas y
montadas por algoritmos?), ponen en riesgo las posibilidades liberadoras de las
series. E incrementan los peligros de la manipulación. Porque existe todo un
conocimiento, de dimensiones inconmensurables, extraído directamente y
procesado a partir de la información recabada a través del análisis de la
actividad de los consumidores en red. Lo que hasta ahora ha dado en parar en
Netflix es la consecuencia del proceso iniciado en 1969 con la primera red de
interconexión del proyecto militar estadounidense ARPANET (lo noveló Pynchon en
su novela Vicio Propio). Lo que
comenzó como un sistema de control más en tiempos de Guerra Fría puede acabar
convirtiéndose en el mayor sistema de control jamás concebido.
El imaginario
colectivo que es, por primera vez en la historia, transnacional y unitario de
manera directa nos une para sentirnos hermanos pero también para ser maleados
por igual. Por un lado el poder de las multinacionales es más grande que nunca
y el desarrollo de la Inteligencia Artificial y de la Realidad Virtual se mueve
en un terreno ignoto; por otro lado, las posibilidades que abre Internet
permiten huir del mercado y sus imposiciones de corte casi totalitario en
nombre del beneficio y de la corrección política. Esa es la disyuntiva que se
juega en un mundo donde el cambio vertiginoso y la producción ingente de nueva
información resulta constante y extenuante a partes iguales.
Mientras Estados
Unidos se retira, tras la derrota en Afganistán, del tablero de la geopolítica
mundial, su dominio del imaginario colectivo transnacional es absoluto y, al
menos por el momento, también irrebatible. Lo que China controla a nivel físico
está lejos de poder controlarlo a un nivel de imaginario: y una guerra sin el
componente del imaginario no puede deberse más que a la pura necesidad de la
fisiología. La batalla de las ideas, nos guste más o menos a los partidarios de
la Hispanidad, es anglosajona, y convendría escribir menos ensayos sobre la
Leyenda Negra o sobre la propia y manida “batalla cultural”, para comenzar a
escribir mejores novelas, mejores proyectos de series, mejores guiones de
películas; porque el éxito del capitalismo ha sido, en ese sentido, el de
hacernos creer a todos que el estilo de vida norteamericano se puede
exportar/importar a todas partes, convirtiéndonos a todos en ansiosos consumidores
de una misma “Aldea Global”. Solo por la ficción se puede revertir aquello que
fue introducido como ficción: nuestro deseo siempre responderá a un sistema de
espejos mentales e ilusiones inasibles perfectamente diseñadas para la
manipulación sutil.
Crear lo bello, lo
inútil, aquello que trasciende todo intento de tasación es la única manera de
subvertir el mundo capitalista donde todo tiene un valor de mercado. Sin
embargo, nuestra definición de lo bello, ¿puede ser idéntica en un mundo donde
hemos redefinido nuestras jerarquías culturales y donde el “residuo”, la
“basura” y el producto popular de consumo han alcanzado un estatus similar al
de las grandes obras artísticas del pasado? ¿Se puede hablar, acaso, de belleza
igual que antes de la obra de Marcel Duchamp, John Cage, André Breton o Andy
Warhol? Parece que no.
Lo “clásico” y lo
“popular” parecen pertenecer a concepciones antitéticas de lo cultural. O puede
que no: nunca se ha leído más; y nunca se ha escrito en mayor cantidad, ni
mejor, en cuanto que conjunto, que en nuestros días. Los libros nunca han sido
más accesibles y nunca hemos anhelado tener tantos. Y, además, jamás hemos
sentido una fascinación comparable sobre el propio objeto del libro como en
nuestros días: lo queremos saber todo sobre su historia y su evolución a lo
largo del tiempo. Tampoco hay parangón ni circunstancia histórica comparable en
el consumo de historias: somos adictos sin excepción a la ficción. Consumidores
lujuriosos y orgullosos de serlo, necesitamos dosis contundentes de fantasía
para mejor entendernos a nosotros mismos y a nuestra realidad. También para
matar las lluviosas y siempre invernales tardes de domingo o para adormecernos
acompañados de forma inmejorable en las calurosas siestas del verano.
Leamos una de las
varias definiciones de “clásico” postuladas por Italo Calvino: “Los clásicos son libros que ejercen una
influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando
se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente
colectivo o individual”. Umberto Eco consideraba que “la cultura de masas es una anticultura” donde la “situación conocida como cultura de masas
tiene lugar en el momento histórico en que las masas entran como protagonistas
en la vida social y participan en las cuestiones públicas. Estas masas han
impuesto a menudo un ethos propio, han hecho valer en diversos periodos
históricos existencias particulares, han puesto en circulación un lenguaje
propio, han elaborado pues proposiciones que emergen de abajo”.
Normalmente, términos
como “clásico” y “best-seller” suelen ser opuestos y hasta se encuentran
diametralmente enfrentados. Al menos, esa es la visión que responde a una
concepción aristocrática de la literatura que diferencia tres niveles de
cultura (alta, media y baja) y que cree que lo intelectual y lo divertido (el
mero “entretenimiento”, aquello que “solo es evasión”) no pueden darse en una
misma obra a la vez. En ese sentido, permítanme que cite unas sabias palabras
que se pueden leer en Danza Macabra y
con las que Stephen King despacha con solvencia el trabajo habitual que los
“académicos” suelen realizar con la literatura: “Muéstrenme cualquier tesis universitaria en el campo de la literatura
inglesa o americana y les mostraré un montón de mariposas inertes, la mayoría
de ellas torpemente asesinadas e inexpertamente montadas”. No llores, Jesús
G. Maestro.
El propio Eco nos
demostró, encuadrándose en una línea que se remonta hasta Cervantes y más
atrás, hasta qué punto esa posición elitista y despótica, así como todos los
tópicos que lleva asociados, son falsos; primero con un ensayo deslumbrante y
todavía actual llamado Apocalípticos e
Integrados; y luego con una novela, El
nombre de la rosa, que seguro que ustedes ya han leído. La lista de libros
más vendidos marca el canon de lo popular, aunque eso no significa, ni mucho
menos, que los primeros sean siempre los mejores libros: normalmente nunca lo
son ni es eso lo que queremos extraer aquí a modo de conclusión; aunque tampoco
indica necesariamente lo contrario.
Todo crítico cultural
que se precie no debe, en mi opinión, ni encerrarse en una Torre de Marfil
desde la que poder anunciar el apocalipsis desde las alturas; pero tampoco debe
de entusiasmarse con cada nueva obra que todo el mundo vaya leyendo en el
transporte público. Un término medio aristotélico es un buen equilibrio, en
esto como en todo, además del punto idóneo desde el que ejercer un pensamiento
realista y crítico. El interés por el libro como objeto nunca ha sido mayor que
en tiempos del ebook: ese es el
deslumbrante hallazgo sobre el que debemos meditar. Seguimos necesitando
actualizar los viejos clásicos, al tiempo de producir otros nuevos que expresen
de manera sincrónica los problemas de nuestro tiempo, para tratar de
desentrañar la existencia. A pesar de todos los juguetes ingeniosos que la
técnica pone a diario a nuestra disposición, nos fascina ese gran invento que
podemos llevar en el bolsillo a cualquier parte y que se adapta cómodamente en
la mano para ofrecernos la totalidad del universo a través de las palabras y de
todo lo que en la imaginación y en las emociones pueden provocarnos. La Galaxia
Gutenberg sobrevive con una viveza y una robustez que están más allá de toda
duda.
Hemos vuelto a
enamorarnos del libro como objeto: éxitos populares en el terreno del ensayo
como Librerías de Jorge Carrión o
desde la novela como Una Odisea: Un
padre, un hijo, una epopeya de Daniel Mendelsohn, así lo han demostrado. En
2021, dos novelas representan mejor que ninguna otra esa paradoja, que en
realidad nunca ha sido tal, en cuanto que obras que tienen la calidad
suficiente como para permanecer en la categoría de clásicos ofreciendo
generosamente al lector un aluvión de historias cuya facilidad no se diferencia
en nada de la mayoría de los best-sellers.
Porque otro tipo de best-seller es
posible: en manos de los consumidores está elegir que los libros por los que
las editoriales apuestan sean de más o menos calidad. Y en manos de los
críticos culturales y literarios está reconocer, premiar y difundir obras como Ciudad de las nubes de Anthony Doerr,
que es la más accesible de todas las grandes novelas posmodernas; o El árbol de los sueños de Gustavo Martín
Garzo, que es la mejor actualización de Las
Mil y Una Noches que ha ofrecido la literatura reciente en español. Dos ejemplos
impecables de que los clásicos pueden y deben ser populares; y de que un
best-seller puede nacer partiendo de una importante vocación de perdurar.
Al principio
hablaba de la ignorancia que hay en el ámbito hispano, sobre todo español, de
dos autores fundamentales como William Gaddis o John Barth, además del
desprecio a la seguramente ya extinta —las dos últimas obras importantes que he
leído dentro de esa perspectiva particular son La parte recordada (2019), de Rodrigo Fresán, y Mundo Hormiga (2020), de Charlie
Kaufman— posmodernidad literaria. Su consecuencia es una crítica literaria y
cultural inexistente, pueril o directamente corrupta y mafiosa; un mundo
académico ajeno por completo al estado actual de la creación; y, lo más
preocupante, unos escritores españoles encerrados en referencias culturales
caducas y empeñados en ofrecer una obra ensimismada, marmórea y provinciana,
falta por completo de imaginación e ideologizada hasta resultar ciega.
Se equivoca el ínclito Juan Manuel de Prada, vocinglero histriónico y barroco del apocalipsis para lectores de Ricardo León, al pensar que la tradición se encuentra apolillada en el pasado y sus inevitables fórmulas (de estructura o de lenguaje), en buena medida obsoletas; se trata, por el contrario, de un legado vivo y en constante actualización que nos habla de lo eterno adaptado al presente. Sin originalidad no hay tradición, y sin tradición no hay verdadera originalidad: el análisis de nuestra época no puede pasar solamente por Chesterton o por Castellani, sino que deberá moverse en la herencia incoada por Gaddis y por Barth. Porque la literatura es una danza macabra del espíritu en eterno retorno de lo mismo y no una colección de estampitas del pasado disecadas con el propósito de poder lucir mejor en el álbum de los bichos raros. Si en lugar de transgredir constantemente sus propios límites y los de la realidad misma, la literatura sencillamente queda anclada en el pasado y su manoseado reguero de formas y tópicos, dejaremos de necesitarla para entendernos a nosotros mismos, a quienes comparten nuestra frágil condición y al mundo que todos compartimos
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